Los escombros de los faraones, restos de una época de despilfarro

Este fin de semana hemos podido leer un artículo interesante escrito en Diario de Noticias de Álava. El artículo va en la línea de relatar los excesos de la política de hormigón del Estado español durante una época determinada. En concreto se centra en analizar la construcción de aeropuertos sin demanda, la política cultural de grandes infraestructuras de museos y palacios y la política de los grandes parques temáticos. Curiosamente el periódico no dice nada del proyecto de alta velocidad en el Estado español, donde la mayoría de las líneas construidas son deficitarias. ¿Olvido involuntario o consciente? A pesar de lo anterior, parece que hoy día poco está cambiando la receta a la actual situación de recesión económica, puesto que desde el poder político y empresarial se sigue en la loca carrera de las infraestructuras, eso sí, a ritmo algo más ralentizado. Os dejamos con el artículo en cuestión.

Los escombros de los faraones

 

La ingente construcción de infraestructuras ruinosas e inversiones estrafalarias alimentan el paisaje del derroche en España, acribillada de deudas de norte a sur.

César Ortuzar - Domingo, 2 de Diciembre de 2012

El único avión que sobrevuela el aeropuerto de Castellón lo hace, literalmente, sobre la cabeza de Carlos Fabra, ex presidente de la Diputación y en cuya escultural testa, obra de Ripollés, se incrusta una aeronave que da la bienvenida a un aeródromo donde no existe rastro alguno de ningún aeroplano. “Carlos, eres un visionario”, le susurró entonces Francisco Camps, expresidente de Valencia, cuando Fabra inauguró una infraestructura inválida, meses después de su presentación en sociedad y que acumula una deuda de 100 millones y unas pérdidas de 25 millones sin que la torre de control haya dejado de ser un balcón, un simple mirador hacia unas pistas para paseantes.

La ocurrencia de Fabra, que se niega a asumir que en la escultura se haya realizado empleando su molde, porque “la escultura tiene tres ojos y yo solo tengo uno”, no deja de ser un episodio, tal vez el más esperpéntico, grotesco y grosero, pero no el único, de una España repleta de gobernantes que en el lego de los ladrillos jugaron a ser faraones. De esa cultura del derroche, de levantar pirámides imposibles, solo quedan los escombros apilados por un ejército de infraestructuras e inversiones estrafalarias que acribillan las cuentas de las Administraciones, incapaces de afrontar el coste y soportar el mastodóntico gasto de unos proyectos grandiosos, algunos de ellos firmados por los arquitectos más afamados, reputados, caprichosos y caros del mundo. Nada, sin embargo, era suficiente para lucir en la pechera medallas de general en logros espléndidos durante la época de bonanza, cuando el ladrillo tenía el valor de los lingotes de oro. Ocurre que con la avalancha de la crisis, el cartón piedra de España ha quedado al descubierto y la escena que se contempla revela un rostro con ojeras, repleto de arrugas y patas de gallo, indisimulables con el maquillaje de la demagogia , el populismo y la oratoria. La acumulación de disparates alcanza para una novela.

Más aeropuertos que en Alemania

El aeropuerto sin aviones de Castellón es, sin duda, la cúspide, el hit, el mayor logro de lo absurdo de una lista donde también asoman aeropuertos herrantes, espectrales, como los de Lérida, Huesca, Ciudad Real, Huesca, Albacete, Córdoba y Badajoz, todos ellos sin apenas tránsito de pasajeros. Además, se agolpan varios aeródromos absolutamente deficitarios en un país repleto de infraestructuras de este tipo y que posee más aeródromos que Alemania, que cuenta con 39, a pesar de que casi duplica la población estatal y alcanza los 81 millones de habitantes. En la actualidad Aena gestiona 52 aeropuertos. Únicamente ocho son rentables, entre ellos el de Bilbao, que continúa creciendo año tras año en número de vuelos y volumen de pasajeros. Un informe de FEDEA, la Fundación de Estudios de Economía Aplicada, sostiene, no obstante, que trece entre los 39 deficitarios son necesarios porque asumen una parte importante de mercancías y tráfico de personas. Entre ellos aparece el aeropuerto de Foronda, en Gasteiz, el cuarto aeródromo en volumen de mercancías. Los otros 26 que completan el parque aeropuertario no se sostienen. Lo dicen las cifras.

El aeropuerto de Huesca, que supuso una inversión de 60 millones de euros y que debía dar tránsito a 160.000 pasajero, apenas contabilizó 2.781 durante el pasado año, unas cifras famélicas, insuficientes, para el mantenimiento de una estructura. La apuesta oscense tampoco parecía que pudiera saltar la banca teniendo en cuenta que el aeródromo de Zaragoza, apenas dista a 97 kilómetros. La escasa distancia, menos de 130 kilómetros, que separa a muchos aeropuertos es determinante. En ese pañuelo se concentran los aeródromos de Girona, Barcelona, Reus, Salamanca, Valladolid, Murcia, Alicante, Málaga y Granada. Con todo, del ranking sobresale el perfil de Foronda, abrigado por cinco aeropuertos a tiro de piedra: Bilbao a 73 kilómetros, Donostia a 116, Iruñea a 119, Burgos a 116 y Logroño a otros tantos. El aeropuerto riojano solo contabiliza 48 pasajeros al día. Únicamente le aventajan Córdoba (8.442 pasajeros), Albacete (8.415) y Huesca (2.781). A pesar de ello, aún restan proyectos por contabilizar. Existen en Huelva, (a menos de una hora del de Sevilla), Antequera, Jimena de la Frontera y Benalmádena.

Contenedores culturales

El supuesto éxito del Guggenheim, generó un efecto domino en otras ciudades que vieron en el museo bilbaino el banderín de enganche para recolectar visitantes. Desde diferentes lugares de España se intentó trasladar la ecuación Museo+Turismo=Riqueza. Sucedió que el trasplante de la idea no funcionó en otros emplazamientos.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, que alzó el telón también en 1998, es un saco sin fondo aunque está operativa. La obra de Santiago Calatrava, sobredimensionada al paroxismo, arrastra un déficit presupuestario pantagruélico, por encima de lo 700 millones de euros. La rentabilidad de la infraestructura, a mayor gloria de la arquitectura de Calatrava, es una quimera y las deudas se acumulan sobre la mesa de impagos de la Generalitat Valenciana.

Los grandes contenedores culturales se extendieron también hacia otros puntos de la geografía compartiendo el ruinoso relato de Valencia. En Galicia, la Ciudad de la Cultura, otro megaproyecto en sobre el monte Gaiás en Santiago de Compostela sobre el que debía orbitar el espacio cultural gallego está sin concluir. De la totalidad de la obra, seis edificios rodeando un ágora, apenas sobresale una biblioteca gigantesca (más grande que la biblioteca nacional de Berlín) con capacidad para un millón de referencias y una museo donde languidece la posibilidad de exponer, amén de un palacio de la ópera del que solo es visible un socavón en el suelo. Para la infraestructura, que ocupa 148.000 metros cuadrados, firmada por otro insigne arquitecto, Peter Eisenman, no se escatimaron gastos. Invertidos 400 millones aún faltarían 180 más para finalizar la Atlántida cultural gallega, donde se colocan baldosas de 800 euros y la cuarcita que se arrancaba de las canteras gallegas se importa desde Brasil. El mantenimiento de los edificios cuesta 4,5 millones de euros al año.

El botín de Alcorcón se empareja a Valencia y a Santiago de Compostela. El municipio del extrarradio de Madrid, con 170.000 habitantes, se embarcó en la construcción del Centro de Creación de la Artes de Alcorcón, un complejo que incluía un circo estable, un teatro, escuelas de formación, un auditorio… en 66.000 metros cuadrados. Su pretensión, ser una de las referencias culturales de Europa. Después de invertir 130 millones de euros en la infraestructura, el consistorio ha paralizado el proyecto ante la falta de financiación para finalizar el macrocomplejo.

Parques temáticos

Agarrado gran parte del tejido económico en España al sol y playa, asegurar el divertimento de los turistas con parques temáticos y atracciones varias se convirtió en otra búsqueda de El Dorado para algunos regidores que creían poseer la fórmula secreta para rentabilizar las caras barracas. Esa panacea dibujó los planos de Terra Mítica, en Benidorm, el Parque Warner en Madrid o Isla Mágica en Sevilla, que se cerrará próximamente. Desarrollados en la edad dorada de la burbuja inmobiliaria, hoy no son precisamente sinónimo de diversión para sus promotores, más bien todo lo contrario. El fiasco es común. Terra Mítica, que nació para competir con Port Aventura, el único de los centros de ocio que se mantiene con beneficios después de un reestructuración y que recibe 3,2 millones de visitantes, se convirtió en un agujero negro para las arcas valencianas porque jamás se aproximó al volumen de visitantes necesarios para que el parque abandonara los números rojos, que siempre tiñeron a Terra Mítica, una construcción presupuestada en 240 millones y que se fue a 376 millones.

Entre las últimas justificaciones de las se encuentra el argumento de que “los colegios preferían Port Aventura”, según señaló Luis Esteban, expresidente de Terra Mítica, recientemente adquirida a la baja por Aqualandia, que se quedó con menos de la mitad de la plantilla pasando esta de 386 empleados a 187. Anteriormente, en 2009, el centro de ocio entró en suspensión de pagos tras purgar la plantilla cuyo gasto ese año ascendía a 10 millones. Los cierto es que de los 3 millones de visitantes anuales previstos, Terra Mítica cerró el curso con cerca de 680.000 visitantes, una cifra muy exigua. En la última campaña, Terra Mítica capituló los asientos contables con 4,7 millones de euros en pérdidas. El saldo negativo de 2010 fue 15,4 millones.

Si Terra Mítica exterioriza el ocaso del ocio del Mediterráneo, el Parque Warner de Madrid simboliza otro chasco de dimensiones homéricas. Más si cabe después de que La Comunidad ordenara el cierre el ramal de la línea de tren que acercaba a los visitantes al centro de atracciones. La media de viajeros diaria era de 190 para un trayecto que costó 85 millones de euros al gobierno regional. El cierre del itinerario fue otro clavo para el ataúd del parque, inaugurado en abril de 2002. Una década después, tras invertir 160 millones, la instalación respira con ventilación asistida. El coste final del parque ascendió a la friolera de 394 millones de euros, muy por encima de lo presupuestado. Al igual que sucedió con Tierra Mítica, las expectativas jamás se confirmaron, ni tan siquiera se aproximaron. Para que el parque se mantuviera con salud se necesitaban 2,2 millones de visitas, pero el imán de los muñecos de la Warner únicamente sedujeron a 640.000 personas. Tres años después de su puesta en marcha, en febrero de 2005, la sociedad, que contaba con 1.280 trabajadores en plantilla, acumulaba una deuda de 226 millones.

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